La mañana del jueves aún no éramos conscientes de la noticia que Gonzalo tenía para nosotros. Alrededor de las once y media, apareció en nuestro aula pidiendo voluntarios para embarcar esa misma tarde en un barco de vela. Más tarde me enteré de que el barco era una reproducción de un barco antiguo de vela, aún así, la imagen que yo tenía no llegaba ni a parecerse remotamente al barco en el que íbamos a embarcarnos.
Debido a algunos contratiempos, el embarque al final se realizó el viernes a las tres de la tarde, en el puerto de Barbate, desde el cual saldríamos para llegar a Puerto Sherry (en Cádiz).
La tripulación la formábamos siete alumnos de puente y uno de máquinas; nuestro profesor y capitán, Gonzalo; Diego (el contramaestre), Paco (el jefe de máquinas), Guti (que no recuerdo su rango a bordo) y Perico (el cocinero).
Nada más llegar a puerto, el barco estaba listo para zarpar, así que largamos las amarras y nos dispusimos a disfrutar del viaje, que se pronlongaría hasta las once y media de la noche.
La travesía hubo de hacerse a motor, ya que el viento esa tarde era de poniente (por los que nos venía de frente) y no pudimos navegar a vela, pero ésto fue más una pena que un problema, ya que ninguno de los alumnos teníamos ni idea de cómo se manejan las velas cuadras. Además, aunque no manejamos las velas desplegadas, pasamos la mayor parte del viaje controlando la navegación por turnos, afirmando los cabos y jarcias, y subiendo a la posición del vigía sobre el mástil.
Cuando calló la noche, conectamos el radar e intentamos identificar las boyas que debíamos alcanzar y dejar por una u otra banda. Alrededor de las once nos dispusimos a entrar en puerto tras atravesar la canal de Cádiz.
Esta experiencia me ha demostrado que me gusta navegar, no sólo a la escala en que lo hago cuando voy a pescar con mi padre, sino a estar pendiente de los instrumentos y las circunstancias durante muchas horas, atento a las luces, las posiciones en el rádar, las demoras y los rumbos.
Para concluir con éste artículo, he de agradecer a la Fundación Nao Victoria que se haga cargo de éste barco, proporcionando a mucha gente el disfrute de navegar a bordo del mismo, a mi profesor Gonzalo por avisarnos de que el viaje iba a llevarse a cabo y contar con nosotros y a toda la tripulación de la Nao Victoria así como mis compañeros de clase, quienes formaron parte importante de éste día, para mí, uno de los mejores días de mi vida y el mejor sin duda en el que he navegado. Sólo puedo decir que parecía un sueño ambientado en otra época.
Quiero dejar también unas fotos y el link a la página de la fundación para quien esté interesado en dicho buque.
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http://www.fundacionnaovictoria.org/index.php

Vaya pasada Rubén. Tuvo que ser impresionante. Experiencias como esta solo se viven una vez en la vida, o quizás dos.
Saludos.
Pues ya te digo… Es difícil expresarlo con palabras, pero se puede englobar entre las mejores cosas que me han pasado.