El otro día, cuando iba a coger el autobús de vuelta a casa tras el último día de estancia en Puerto Real, ocurrió algo que me llenó de ilusión y que me ha dado esperanzas en mí mismo y en el resto de la gente.
Aunque el suceso en sí no fue nada anormal, a mí me pareció algo digno de admirar, y me llegó muy profundo. Supongo que porque llevaba tiempo sin cruzarme con un desconocido así.
El desconocido en cuestión es una panadera del citado pueblo que, al verme que iba a perder el autobús (la parada del autobús está muy cerca de la tienda y se ve desde el interior) salió a correr con dos botellas de agua que había comprado en ese mismo instante y tras coger una de mis maletas continuó corriendo, gritando: “Venga que yo te ayudo, ¡corre! que te se va el autobús”, la pobre to preocupá.
El autobús lo perdí, pero no estaba enfadado, sino que me había quedado encantado con la reacción de esa amable señora que, tras ver que el conductor ignoraba mis gestos y se marchaba, se fue refunfuñando “qué malaje, que no ha esperado al pobre chiquillo”.
Ese es el tipo de persona que socialmente admiro, y que, en ese aspecto me gustaría ser. Una persona amable y atenta, que ayuda sin motivo y por la única recompensa de sentirse bien.
A decir verdad, creo que el mero hecho de querer ser así, ya me convierte en alguien mínimamente decente y me da esperanzas y razones para creer que puedo serlo.

que bonita anécdota, la verdad es que en Puerto Real todavía quedan bastantes personas amables y atentas. En otros sitios la gente es más arisca