Vosotros, masa ponzoñosa, que venís a criticar a los de arriba. Esos que os miran con desprecio y que actúan en pro de su buenaventura, ignorando por completo vuestras estrepitosas y caóticas voces.
Sabed que vuestra mediocridad fue la que tumbó a los valientes. Sabed también que vuestra ignorancia y terquedad fue la que apagó el fuego de las mentes lúcidas.
Después de apedrear a los válidos y a los capaces, ya fuera por envidia o por incompetencia, vinísteis a quejaros de que los buitres cubrieron el sendero, llenándolo de putrefacción.
Aquellos que trajeron una idea, se vieron cubiertos tanto por arriba como por abajo del fango que la plebe había transportado para construir la inmensa muralla que supone vuestro orgullo.
Por no reconocer que sois cuerpos sin un alma válida, tumbais a los iluminados con antorchas haciéndolos arder en la dejadez y la desidia hasta tal punto en que abandonan su causa a merced de los demonios aprovechados. Demonios que os atraen con el morbo y el espectáculo, tapando tras de sí el trabajo y la dedicación de los que fueron tumbados.
Antes de criticar, pensad: ¿Qué habeis hecho para merecer esto?
Arandar, marcha de los condenados, libro tercero
